Por Nicki Thomas, superintendente del Distrito Escolar de Kelseyville
Si has pasado tiempo en una granja o en un jardín, sabes que puedes plantar las mejores semillas del mundo, pero si el suelo no está sano, no crecerán.
Este verano asistí a una conferencia en la que escuché al Dr. Anthony Muhammad hablar sobre la cultura escolar y utilizó esa misma analogía. En educación, nuestras “semillas” son las prácticas, los programas y las estrategias que llevamos a las aulas. Pero sin un suelo sano que las sustente —sin una cultura sólida y de apoyo—, incluso las mejores prácticas tienen dificultades para echar raíces.
La cultura de un centro educativo puede ser difícil de medir. Está compuesta por creencias, relaciones, confianza, responsabilidades compartidas y comportamientos cotidianos. Sabemos identificarla cuando la vemos. Para mí, el signo revelador de una cultura que fomenta el crecimiento es aquel en el que los educadores anteponen constantemente las necesidades de los estudiantes a las suyas propias al adoptar nuevas ideas.
Entiendo que cambiar una práctica es difícil, especialmente cuando nos sentimos cómodos y seguros al hacerlo de una manera determinada. Hace años, cuando impartía clases de refuerzo de lectura en Oregón, me asignaron un grupo de alumnos de cuarto grado que tenían dificultades para aprobar la evaluación estatal de escritura. Les enseñé tal como me habían enseñado a mí: tesis, introducción y detalles de apoyo. Pero este método no funcionaba con ellos.
Entonces, un colega sugirió algo llamado “escritura en cuatro cuadrantes” (“four-square writing”): un organizador gráfico sencillo con la tesis en la parte superior, tres detalles de apoyo y una conclusión. Esto proporcionaba a los estudiantes un referente visual al que aferrarse. Practicamos hasta que finalmente pudieron dibujar sus propios organizadores de memoria. Al finalizar ese año, aproximadamente el 80 por ciento de esos estudiantes aprobaron la evaluación estatal de escritura. A veces, nuestra forma de hacer las cosas debe evolucionar para satisfacer las necesidades emergentes de los estudiantes que tenemos delante.
Cuando probamos algo nuevo, a veces nos equivocamos, pero eso supone otra oportunidad para enseñar a los estudiantes a recuperarse cuando las cosas no salen como se esperaba. Existe una educadora y conferenciante brillante llamada Rita Pierson. En su charla TED, comparte una anécdota divertida sobre la enseñanza de las proporciones. Después de la clase, ella regresó a casa y se dio cuenta de que la había impartido de manera completamente equivocada. Al día siguiente volvió al aula y pidió disculpas a los alumnos. Ellos le dijeron: “No pasa nada, señora Pierson. Estaba tan entusiasmada que simplemente dejamos que siguiera adelante”.
Pero al admitir su error, les demostró que no ocurría nada grave y que todo el mundo se equivoca. Uno asume el error y sigue adelante.
En el Distrito Escolar de Kelseyville, contamos con comunidades de aprendizaje profesional (CAP) para nuestros docentes. Cada equipo, desde el jardín de infancia hasta el último año de secundaria, trabaja en torno a cuatro preguntas fundamentales: ¿Qué queremos que sepan los alumnos? ¿Cómo sabremos si lo han aprendido? ¿Cómo responderemos si no lo han hecho? Y ¿cómo ampliaremos el aprendizaje para aquellos alumnos que estén preparados para más? Los docentes establecen expectativas en conjunto y luego aportan su propio estilo y enfoque a los detalles. Se reúnen periódicamente para analizar los resultados y realizar ajustes cuando algo no funciona.
Estamos pasando de la cooperación a la responsabilidad colectiva; es decir, de hablar de “mis alumnos” a hablar de “nuestros alumnos”. Estamos pasando de completar tareas a buscar el aprendizaje, de preguntarnos “¿Lo hemos enseñado?” a “¿Lo han aprendido?”.
Debemos dar ejemplo de las cualidades que intentamos enseñar a nuestros alumnos, manteniéndonos centrados y curiosos. Como educadores en nuestras CAP, debemos acudir preparados para aportar preguntas, ideas y una actitud abierta al aprendizaje. Debemos mantenernos centrados en el aprendizaje de los alumnos, utilizando las preguntas mencionadas anteriormente. Debemos colaborar compartiendo estrategias, apoyándonos mutuamente y respondiendo de forma conjunta. Asimismo, debemos estar abiertos a evolucionar para detectar cuándo algo no funciona y ajustar nuestra práctica, en lugar de esperar que sea únicamente el alumno quien cambie.
Hemos dedicado los últimos años a implementar buenas prácticas —buenas semillas— en nuestras escuelas. Este año, nuestro enfoque se centra en el suelo mismo: la cultura que permite que estas prácticas echen raíces y crezcan. Es una labor más lenta y silenciosa, pero cualquiera que haya cuidado un jardín sabe que es el trabajo más importante.
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